Un orgasmo y un millón de pendientes

Desde pequeña siempre soñaba con el día que me casara, tuviera mi propia casa y mis hijos. La idea era más bien parecido a la ilusión de “jugar muñeca”. Al igual que yo, sé que muchas mujeres se casan sin entender claramente la gran responsabilidad que conlleva un matrimonio y un hogar. Pareciera que ese amor que sentimos es un escudo que nos va proteger ante cualquier situación, tentación y reto. Muchos años después puedo decir que el sentimiento en si no es suficiente y que a lo que llamamos amor poco tiene que ver con esa sensación de mariposas en el estómago que sentimos cuando ese chico nos enamoraba.

El amor en una pareja y dentro de un matrimonio tiene más que ver con compromiso, fe, paciencia, tolerancia, con bondad y sobre todo con decisión. Decisión de seguir con esa persona apostándolo todo a pesar de las diferencias. Aunque deje la toalla mojada arriba de la cama todos los días, a pesar de que se lo has repetido un millón de veces. Decisión de no desistir cuando los negocios van mal y tu realidad económica cambia drásticamente. Decisión de seguir durmiendo abrazados con la misma ternura aunque hayas aumentado 20 libras. Decisión de perdonar cuando has sentido que te han herido o no ha llenado las expectativas muchas veces irreales que te habías hecho desde tu infancia. Decisión de decir cada día: Si, te elijo de nuevo a pesar de que ahora estás enferma y no tienes las mismas energías para acompañarlo en las cosas que disfrutan hacer juntos. Decisión de quedarse a tu lado a pesar de tu mal humor, tus inseguridades, tus frustraciones, tus fracasos, tus miedos.

Muchas parejas hoy día ante dificultades eligen separarse pues permiten que esa situación sea más grande que su proyecto matrimonial. Si, lo sé, no es fácil y mucho menos cuando descubres que esa persona que elegiste tiene poco que ver con la que idealizaste cuando eran novios. El ir descubriendo en el compartir cotidiano realmente quien es ese hombre puede ser un duro golpe si dista mucho de lo que creíste. Nada fácil mis amigas. Pero les aseguro que si te regalas la oportunidad de quitarte la venda de los ojos y día a día ir aprendiendo con tolerancia y bondad quién es el, puedes llevarte una linda sorpresa. Si a esto le sumas que en su compartir te das el permiso de mostrarte tal como eres y de crear un buen vínculo basado en la confianza, la transparencia y el respeto ambos pueden ir regalándose la oportunidad de aprender agradar y acompañar a la otra persona de formas que si funcionen.

Habrán días buenos, otros no tan buenos y otros muy difíciles. ¿Y donde quedan los muy muy buenos? Esos son los más escasos y los más efímeros. Los habrá, claro que los habrá. Esos pueden venir con la envoltura del nacimiento de un hijo. Un soñado viaje solos. Un buen partido de tenis donde se sude y se rían juntos. El disfrutar una ducha compartida sin que uno de tus hijos te toque la puerta. Que te mande flores un día de San Valentín luego de 15 años de casada esperándolas. El día que compren su primera casa. Cuando vez a tu hijo graduarse. Estos y otros momentos que se van a generar a los largo de sus vidas son extraordinarios. ¡Y sí que lo son! Y como tal, hay que saber apreciarlos y valorarlos al igual que los vividos cada día en casa, sin glamour, ni maquillaje, con ojeras, cansadas y con un millón de pendientes.

Ese levantarte primero que todos, pasarte la mañana cuando estás llena de energía pensando en cómo te vas a devorar a tu marido en la noche cuando por fin estén solos en su habitación y luego que el reloj sentencie la media noche y tú te arrastras a tu cama cayendo molida, sientes esa mano que te acaricia y piensas: ¿Cómo carajo fue que se me ocurrió mandarle ese mensaje a media mañana diciendo que esta noche “se va gozar, prepárate”? Ahora estás agotadísima y tienes a tu marido encendido, esperándote y más que listo. Y piensas dos cosas: “Déjame salir de esto rápido” o “Déjame gozármelo pero que él haga el trabajo.” Sí, no se me rían que ustedes saben bien que por ahí va la cosa. Lo interesante de esto es que si abrazamos nuestras realidades, aprendemos a celebrar nuestros triunfos, comulgamos con el buen humor, muchas veces en esto de “hacerle el favor” se disfruta muchísimo y se saborean muy buenos orgasmos con todo y explote y un millón de pendientes.

 

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